Violencia de género: Una anecdota que me marcó

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Hace algunos años asistí a unos talleres sobre la despatriarcalización del amor romántico. El taller estaba dictado por un psicólogo y una psicóloga, quienes habían estado trabajando como terapeutas de parejas y con grupos de varones para la liberación masculina. Debido a esta experiencia, dichos profesionales encontraron patrones de conducta con respecto a comportamientos machistas de los varones hacia sus parejas mujeres, y decidieron hacer este taller para desestabilizar estas situaciones perjudiciales para nosotras y, hasta para ellos.

En una oportunidad, el psicólogo nos echa un cuento con respecto a un caso que tuvo, un matrimonio, quienes estaban teniendo ciertos inconvenientes en su relación. Esta historia me marcó muchísimo puesto que, primero, estaba yo comenzando a adentrarme al feminismo y al aprendizaje académico sobre género, y segundo, me ayudo a bajar a tierra la nube de categorías, conceptos y definiciones del género y el feminismo en la que estaba montada.

Por esto quiero compartirla con ustedes. Sin más preambulo, El relato sigue así:

El psicólogo tenía su trabajo particular como terapeuta. En una oportunidad le llego un joven matrimonio de una pareja treintañera, sin hijos, quienes estaban empezando a presentar ciertas dificultades en su relación. La cosa no parecía lo bastante dramática; los mismos problemas que enfrentan todas las parejas: falta de comunicación, discusiones banales, etc.

La pareja constaba de una mujer bastante linda, muy alta y jocosa; a diferencia del varón que era un hombre bajito, introvertido y amable. Así fue la primera impresión que tuvo el psicólogo al verlos entrar en su consultorio. De hecho, las primeras sesiones sólo le reafirmaban esta percepción de él y de ella.

Como comenté al principio, su matrimonio no iba mal, sólo estaban presentando algunos contratiempos y como una pareja “madura” querían atacar el inconveniente desde el comienzo para tener una relación más sana y estable entre ellos y para su futura familia -cuando la tuvieran. El terapeuta también lo percibía de esa manera.

A medida que transcurría las sesiones, nuestro locutor se daba cuenta que el principal problema de la pareja era la negación del varón de aceptar sus errores y de darle libertad a la mujer en ciertos aspectos; de igual forma, notaba como la mujer se sumía a los humores y decisiones del esposo y cuando intentaba alzar la mano se retraía o no se le prestaba la debida atención. Por este motivo, el terapeuta como buen feminista, introducía conceptos de género y feminismo a la relación, y se daba cuenta que existía cierta renuencia del varón de aceptar esta propuesta, no de una forma agresiva pero si le costaba asimilarlo. En cambio, la mujer se sentía muy cómoda y entusiasta con ella.

 


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Con el tiempo, el profesor notaba como la mujer empezaba a ganar autoestima y convicción, ya no se permitía callar sus opiniones tanto en las sesiones como en la vida cotidiana, esto traía algunas discusiones más a la relación pero el esposo en muchas ocasiones cedía terreno –de buena o mala gana– aunque en las situaciones más cruciales él no sé dejaba doblegar y tomaba la batuta. Pero, así iban, lento pero seguro.

Sin embargo, un día paso algo inesperado, la pareja llegó a una sesión comentando que el hombre había perdido su trabajo por ciertas circunstancia y la única que estaba laborando y manteniendo la casa era la mujer. Esto al principio no trajo muchos contratiempos, sabían que el esposo iba a encontrar algo pronto. Pero, pasaba el tiempo y nada.

El terapeuta empezaba a notar cambios en la joven pareja, la mujer cada vez estaba más decaída y cabizbaja y el hombre más crecido y malhumorado. Cuando él intentaba indagar más a profundidad que era lo que había sucedido, el matrimonio se retraía, especialmente la mujer, para el esposo todo estaba muy bien: “Estoy por conseguir un buen empleo”, decía.

Pasaba el tiempo, el joven nada que conseguía trabajo, pero no parecía algo que le quitara el sueño, en cambio a la mujer sí. Ella manifestaba que a pesar que podía mantener todo necesitaba de su colaboración, asimismo, estaba exhausta puesto que seguía encargandose de las labores del hogar. Sin embargo,  él siempre expresaba: “está exagerando”. De hecho, ya no creía que fuera necesario seguir yendo a terapia aunque la esposa pensaba lo contrario.

El psicólogo se dio cuenta que el esposo al ver que estaba perdiendo autonomía y poderío puesto que se había quedado desempleado, se había vuelto mucho más agresivo, a tal punto, que comenzó a agredir físicamente a su pareja. Concluyó, que su manera de mantener su territorio y dominio en la relación era encrudeciendo su carácter.

El hombre bajito y amable paso a ser un ogro. Antes, no era necesario: primero porque era el sustento de la casa, segundo por el uso reiterado de micromachismos y tercero, porque su esposa no concientizaba su posición de subordinación ante él.

Me acuerdo que mi profesor al final no nos contó que paso con la pareja y nadie tampoco preguntó. Tod@s estábamos anonadados por la anécdota. Él quería evidenciar lo difícil que puede ser llegar a tener una verdadera liberación femenina y masculina. Y como estructuras desiguales de género están tan imbricados en las personas que pueden obrar de maneras tan tristes y trágicas.

Por esto fue me impacto tanto, siempre la recuerdo y la tengo presente tanto académica como personalmente. Y me ayuda a recoirda para qué una estudia el género: para evidenciar y eliminar estas prácticas y dinámicas tan tóxicas a la hora de relacionarnos; para esto es que se supone que existe el feminismo.

 

Realmente espero que el desenlace de esta historia haya sido bueno para la chica...
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