Una transición ecológica socialmente justa

environmental-protection-326923_640

El siglo XXI se va a caracterizar por un profundo ajuste de cuentas entre la civilización moderna y los límites biofísicos de la Tierra, del que solo estamos viendo sus primeras consecuencias.


La revuelta de los chalecos amarillos en Francia es solo el tráiler de la película de la crisis ecosocial que lo va a cambiar todo en las próximas décadas.

Desde el inicio de la revolución industrial, y especialmente durante los últimos 40 años, el crecimiento económico nos ha llevado a una situación de extralimitación ecológica. Hoy día la humanidad necesita un planeta y medio para vivir, cifra que se dispara en ciertas regiones del mundo, como Estados Unidos o las monarquías del golfo pérsico, pero también en Europa. Esta insostenibilidad tiene dos caras: el agotamiento de recursos finitos e insustituibles y el cambio climático, exponente más peligroso de la saturación de nuestros sumideros ambientales.

Si esta extralimitación ecológica tiene un talón de Aquiles son los combustibles líquidos y el sistema de transporte. Nuestras sociedades van a crujir primero por esa costura. Por un lado, vivimos en un hábitat disperso y en una economía deslocalizada hasta el delirio. Por otro lado, el 95% del transporte hoy depende del petróleo, un recurso finito que ya presenta rendimientos decrecientes en su extracción, y que es el principal responsable del cambio climático. Por si esto fuera poco, la quema de petróleo también tiene un efecto directo en el empeoramiento de nuestra salud. Según el informe Air Quality in Europe 2017 Report de la Agencia Europea de Medio Ambiente, se calcula que casi 39.000 personas mueren prematuramente cada año en España debido a la contaminación del aire, de la cual una buena parte se debe a los coches, especialmente los diésel. Sin embargo, aunque no se hable tanto de ello, la primera variable, la de la finitud y el descenso de su rentabilidad energética, es clave.

Muchas han sido las voces que desde el ecologismo social han extraído una lección clara de las movilizaciones de los chalecos amarillos: si la transición ecológica no es socialmente justa, no será.

 


te puede interesar: Las Transnaciones. Principales contaminadores por plásticos

 

La transición ecológica, si la queremos socialmente justa, presenta un reto mayúsculo. Esencialmente porque el choque de intereses que siempre marca cualquier cambio social se enreda aquí en un nudo gordiano tecnológico. De una complejidad tal que la espada de la voluntad política solo podrá romperlo con rapidez arriesgándose al desastre. Pero aunque no tengamos mucho tiempo hay que deshilar fino y con paciencia estratégica.

La solución real pasa por una reordenación ecológica del territorio a gran escala, y sin precedentes, que combine transformaciones radicales y muy rápidas en el modelo productivo, en la forma de habitar y en el sistema de transporte.

Y si algo muestra la revuelta de los gilets jaunes es que, en democracias liberales como las europeas, la viabilidad técnica o económica de cualquier medida de transición está necesariamente supeditada a su viabilidad política. Y esto vale tanto para los sueños pospolíticos de los tecnócratas como Macron como, desgraciadamente, para los que se piensen que la necesaria descarbonización profunda de nuestras sociedades nos da algo así como la varita mágica de la revolución ecosocialista. Por esto es necesario que la evidencia científica sobre las causas y consecuencias de la crisis ecológica se convierta en una verdad política, capaz de afectarnos socialmente, de posicionarnos políticamente y de cambiar individualmente nuestros hábitos y percepciones. Esto pasa por articular rápidamente un amplio y heterogéneo movimiento que va a tener que librar una guerra de posiciones ecosocial en todos los frentes. Disputando, conquistando y defendiendo cualquier nodo de poder a nuestro alcance: en la calle, en las instituciones y en el orden simbólico. Va a necesitar generar un ecosistema de organizaciones y estrategias, cuya convivencia no estará exenta de roces pero que, en sus desacuerdos, deben ser capaces de comprender que la tarea a la que se enfrentan es gigantesca y las consecuencias de fracasar terroríficas.

Este movimiento deberá ser capaz de generar una simpatía mayoritaria aunque seguramente distante y articularla con el apoyo explícito de las minorías militantes. Y además tendrá que evitar que la indiferencia de muchos se acabe sumando a los sectores abiertamente contrarios a una transición ecológica socialmente justa. La tarea política fundamental hoy es, por tanto, identificar estos grupos, sus necesidades, miedos y deseos y poner en marcha un proyecto ecosocial sincero y responsable, pero suficientemente ilusionante políticamente como para, dadas estas líneas de fractura social, aspirar a ganar.

La mejor ciencia disponible apunta ya una verdad que negacionistas y tecnoutópicos del más diverso signo tendrán cada vez más difícil rebatir: sin una economía poscrecimiento no habrá sostenibilidad. Y como el capitalismo es inherentemente expansivo, eso implicará una transformación sistémica que a mediados de siglo habrá dejado atrás nuestro orden económico tal y como lo hemos conocido. De este hecho cabe derivar muchas interpretaciones políticas posibles. De momento van con ventaja las que como Trump, Bolsonaro o Vox, prefiguran un cierre autoritario alrededor de un supremacismo nacionalista que, a beneficio de las élites, se lance a la lucha mortal por el control de recursos escasos y la externalización de los daños ambientales. Nuestra opción ecosocialista está en el polo opuesto: un nuevo pacto ecosocial resuelto a favor de los de abajo, que se encamine a construir pueblos generosos, cuidadores e internacionalmente solidarios. Con una nueva economía orientada en la senda del decrecimiento energético y material, que logre avanzar en la sostenibilidad ecológica, pero asegure también una vida digna para toda la población. Esto implicará combinar sustitución de tecnologías con mercados socialmente contenidos y planificación democrática de la producción y el consumo bajo nuevas formas de propiedad pública y comunal. Pero tengamos cuidado: tras el fracaso del socialismo real en siglo XX nadie tiene recetas poscapitalistas ni respuestas fáciles. Y la transición ecológica socialmente justa tendrá más que ver con las victorias concretas de la guerra ecosocial de posiciones en cualquiera de sus frentes, que son siempre humildes, precarias y contradictorias, que con la voluptuosidad discursiva de la gran impugnación revolucionaria.

 


Por: Emilio Santiago Muiño / Héctor Tejero. 2018/12/29 https://ctxt.es/es/20181219/Firmas/23530/Emilio-Santiago-Mui%C3%B1o-Hector-Tejero-tribuna-Francia-chalecos-amarillos-ecologismo-sociedad.htm
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.