La experiencia como herramienta en las luchas sociales

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Es de vital importancia el conocimiento de la historia particular de cada lucha que impulsan las clases subalternas contra el poder que las oprime; las propias y las de otros pueblos, en contextos y condiciones diferentes; además, de formas organizativas y sistemas de gobierno diferentes, que surgieron y van surgiendo al calor de la confrontación social, particular y general en el desarrollo del capitalismo.


Desde cada realidad se registran experiencias y relatos que permiten valorarlas y aprender de ellas; de sus aciertos y errores, de sus limitaciones y posibilidades reales. Experiencias contadas desde visiones contrapuestas e intereses políticos antagónicos, a lo interno y externo de los Estados-nación y de los sujetos participantes en dichos procesos sociales. Es posible que se desconozca más de lo que se conoce de acuerdo al que ejerce el poder de la comunicación. En estos relatos se tienden a ocultar los éxitos o avances logrados por los sectores que se oponen al sistema hegemónico mundial y que son, en definitiva, lo que se constituyen en las grandes enseñanzas; referentes históricos para continuar con la lucha mientras haya explotación, discriminación y exclusión social. En la medida en que se impone esta visión parcelada e interesada se consolida la cultura de la dominación y la sumisión a nivel global.

Por el contrario, cuando nos empoderamos de ese pasado de lucha, desde una visión crítica reflexiva, transitamos por un camino por el cual es posible comprender la continuidad de la lucha y resistencia heroica de los movimientos populares por el cambio histórico social. Proceso cognitivo que permite mirar al pasado para prefigurar el futuro. No para copiarlo en el cómo y con qué sino para comprender la razón de la lucha en la que se reafirman las necesidades y las expectativas frente a un sistema que se mueve bajo la lógica de la explotación, discriminación y exclusión social de las grandes mayorías para crecer económicamente, en favor de las élites de poder económico. Por eso, el interés de robarnos la historia y secuestrar la posibilidad de visualizar un futuro prometedor construido desde la propia fuerza del pueblo oprimido que se rebela.

La igualdad de derechos y de justicia social sin discriminación, así como la democracia popular son contrarias al desarrollo capitalista, y sus conquistas han formado parte de los acuerdos de convivencia social generados por la lucha de las clases y sectores subalternos que no aceptan ir en contra de la voluntad de cambio ante la convicción de que perjudica sus condiciones de vida. Los agentes políticos del gran capital haciendo uso de la institucionalidad, e incluso abusando de ella, aplican toda forma de represión y coacción como la única manera de imponer el interés particular sobre el colectivo. Por eso es en la lucha donde se toma conciencia del presente y la acción como respuesta a las necesidades y expectativas de hoy; que no son las mismas de ayer. La necesidad social no está vacía de contenido, ni de una sola la manera de comprenderla y de satisfacerla. También, en la lucha se va descubriendo que las posibilidades políticas hay que crearlas con la fuerza del propio movimiento y acumularla para convertirla en potencia de cambio.

A lo largchocando el carro (7)o de estos siglos se han innovado estrategias al interior de los Estados-nación en el capitalismo para responder a sus propias crisis de modelos de acumulación de capital y sistemas políticos que lo sustentan. Esto ha generado una gran tradición de investigación en el propio terreno de la acción comunitaria en la defensa de sus hábitats y contra toda forma de dominación-subordinación que le impida decidir sobre su propio destino, poco o nada reconocido e invisibilizado en tanto va en contra del orden mundial establecido e institucionalizado. De allí, la importancia de estas investigaciones sobre el terreno de la lucha para comprender el problema desde la raíz y sus posibles soluciones sistémicas. En la nueva ortodoxia liberal burguesa de hoy, la colonización-neoliberal es parte constitutiva del poder económico y de control hegemónico político-ideológico de la población.  Impone decisiones económicas entre países y al interior de estos que amenazan sensiblemente la soberanía nacional para elevar el control sobre los mercados productivos y financieros. Esto implica el incremento de la violencia simbólica y física del Estado, como institución en su conjunto, hacia sectores particulares, grupos, comunidades y pueblos, por distintas razones discriminatorias y excluyentes –étnicas, lingüísticas, religiosas, de género, sociales o culturales– y que en el fondo revelan el desconocimiento de la naturaleza pluricultural y de cosmovisiones distintas que coexisten en todas las formaciones socio-estatales.

 


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Conocer la realidad desde una perspectiva histórica permite conocer las posibilidades materiales e inmateriales con la que cuenta un movimiento organizado para el cambio social de raíz. En la producción de ese conocimiento va surgiendo un saber social-político superior con visión de futuro, donde se prefigura la utopía concreta como resultado de la fuerza del poder popular articulada en tiempo y espacio. Utopía convertida en proyecto emancipador que se vincula al pasado en el reconocimiento de las necesidades y expectativas que dan sentido a la razón por la que se lucha, en las que se van configurando nuevas subjetividades, simbologías e imaginarios, que el presente va modificando en la propia acción transformadora: El sentido de la vida y de la cultura que nos mueve y con la que percibimos la realidad y valoramos nuestra propia fuerza colectiva de cambio. Fuerza popular que en tanto se amplia y organiza es una manera propia del hacer, de cómo y con qué construir el futuro, se convierte en potencia transformadora.

  Se revela la sabiduría popular de un saber-construir nuevas condiciones de vida, nueva cultura orientada por un saber-vivir con dignidad y sana convivencia. En un saber-vivir y convivir por el bien común.

Con sentido de pertenencia a una territorialidad compartida, que va más extendiendo más allá de lo local, creando nuevas relaciones de solidaridad, de complementariedad y reciprocidad que incidirán en una nueva correlación de fuerzas en las relaciones de poder; con relaciones espacio/temporales, distintas a la que impone el poder colonial-neoliberal de hoy, en la búsqueda de una sana convivencia al interior de los Estados-nación y a nivel mundial.

La experiencia como herramienta para ampliar el concepto de justicia social

Las imágenes y las representaciones que nos hacemos de la realidad que nos rodea están presentes en todos los aspectos de la vida cotidiana y, como producto sociohistórico son, en sí mismas, portadoras de una multiplicidad de significados, que van cambiando en el propio transcurrir de la vida en sociedad. Estos cobran mayor fuerza en su contexto espacio-temporal especifico, ya que, al expresarlo en los relatos, u otras formas de comunicación, la unidad dialéctica tiempo/espacio, permite representaciones que adquieren movimiento, en tanto articulan pasado y devenir histórico, creando una atmósfera especial que le otorga credibilidad a la posibilidad del cambio. El horizonte creado por los propios sujetos del cambio orienta su accionar; por tanto, es factible y modificable en la propia acción social. Desde su propia experiencia de vida y memoria histórica de lucha continuada.

La experiencia es una herramienta teórica-práctica para pensar en la objetivación de lo potencial, es decir, de la transformación de lo deseable a lo posible, a través de sus distintos modos y niveles de profundidad, dando lugar a que la utopía se convierta en un proyecto mediante el cual se pretenda imponer una dirección del presente [1].

Hablar del saber en la sociedad, y de la cultura que lo envuelve, nos obliga a comprenderlo desde su dimensión histórico-política y de los múltiples y variados espacios de la sociedad en la que se desarrolla tanto el aprendizaje como la producción de conocimiento, convertidos en saberes para el desarrollo de la humanidad. Desarrollo que hoy se nos presenta con creciente desigualdad e injusticia social, expresada en la historia de la progresiva violación del derecho a una vida digna sin discriminación alguna para las mayorías sociales. Lógica que impone el sistema capitalista a nivel mundial para mantener los niveles de explotación y de apropiación de los bienes comunes que compartimos con todos los seres vivos en el planeta. Donde el aprendizaje de la política y de lo político, así como de lo social en general, no se puede quedar en lo abstracto, porque parte de lo concreto y regresa a él. En esta situación interesa comprender, en particular, cómo durante el proceso de praxis transformadora se va produciendo sabiduría popular con potencial de cambio, que le da respuesta a viejas y nuevas necesidades y posibilidades, en un ambiente en contracorriente al poder mundial constituido.

Más allá de su expresión física, el ambiente debe ser comprendido y percibido por los sujetos que lo ocupan en un momento determinado, en su relación político-cultural e histórica; además de socioeconómica que resulta ser determinante en la cultura hegemónica del capitalismo. Las relaciones cosificadas en una norma, en una estructura y organización institucional que regula su funcionamiento orgánico y su relación con otras instancias de la estructura social, que no admiten la disidencia. Por eso, es que el rol fundamental sea la represión, la penalización, incluso preventiva, y la coacción, que son incoherentes con los principios generales de la democracia que pregona el propio sistema. La democracia liberal –que es un contrasentido porque se sustenta en la discriminación y la exclusión social– es, cada vez más, abiertamente golpeada para reproducir la cultura de la sumisión y de la subordinación en un ambiente de chantaje psicológico y de crispación social.

Es precisamente este carácter político de la educación, de la formación social formal e informal, el que nos vincula con las ciencias políticas desde la acción social, para lograr herramientas de análisis crítico que facilitan comprender por qué y cómo se produce el sentido común alienado del ser humano, desde la Escuela y desde otros espacios de formación de los sujetos en sociedad. Que termina convirtiéndose en el arma más poderosa con la que cuenta el aparato ideológico del Estado para su preservación y reproducción.

El sistema escolar está fuertemente institucionalizado y normalizado en la sociedad, a partir de la creencia de que el capitalismo es el único e inevitable sistema histórico posible de la humanidad.

Es fundamental recordar aquí, que el propósito del capitalismo es generar ganancias mercantilizando la fuerza de trabajo y utilizando el conocimiento como arma reproductiva de la racionalidad del capital. De ella se desprende la organización y división internacional del trabajo productivo en complejas redes controladas desde los grandes centros de poder mundial, hoy concretados en las grandes corporaciones.

De hecho, la Escuela ha centrado su valoración en la mayor modernización tecnocientífica posible, de acuerdo a la concepción de desarrollo y progreso propia de la lógica liberal-burguesa. Lógica impuesta por los centros de poder económico mundial, que termina explicando la visión acrítica frente a su incidencia política-cultural, que coloca el saber al servicio de la reproducción del capital y, con ello, atropella la naturaleza social del ser humano. Atropello que no se puede banalizar cuando presenciamos los mayores niveles de indiferencia, complacencia y complicidad frente al dolor humano que se hayan conocido en la historia de la humanidad, creado por el propio sistema para defender sus intereses privados y particulares. A partir de la cultura del individualismo y la competencia generalizada entre seres humanos se alienta un sentimiento de egoísmo creciente y un darwinismo social para sobrevivir, que pone de lado el bien común, concientes o no de ello. Cada vez más, se defiende el interés personal y el derecho privado sobre el colectivo y la posibilidad de una sana convivencia en armonía y simbiosis con la naturaleza a la que pertenecemos.

 


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Una formación multidisciplinar, que podría acercarnos a una comprensión más integrada de la realidad, es contraria a la que propicia el aparato educativo capitalista, que se orienta hacia la especialización dentro de la misma área disciplinar, para elevar la productividad de la relación capital/trabajo asalariado. Integrar tres o más disciplinas, aparentemente disímiles en un solo saber profesional, no es la típica polivalencia a la que se le puede explotar mejor; como un tres en uno, que implica la complementariedad tecnológica para elevar la productividad del trabajo concreto al que se somete el trabajador o trabajadora en su labor mercantilizada. En este tipo de organización productiva el trabajo en grupo o individual no permite la libre expresión de todos los saberes, más allá de lo que demande el proceso de organización del trabajo productivo con relación al capital.

Unir lo que el capitalismo desune y fragmenta. Comprender lo que el capitalismo oculta utilizando todas sus armas de supremacía intelectual para potenciar la supremacía política y económica. Lo que pretende este sistema es mantener a los seres humanos enfrentados entre sí, en competencia continua, en una intención permanente de aislarnos de los que nos rodean y del resto del mundo, para que lo único que tenga sentido sea tener un salario, por más bajo que sea éste y aunque no esté acorde con las capacidades y potencialidades de cada quien. Es la cultura del individualismo y la competencia por la sobrevivencia individual laboral, donde prevalezca el interés personal que emana de la impotencia frente a la incertidumbre.

De modo que comprender al sistema educativo, en su sentido más amplio, como parte del aparato ideológico del Estado, permite vislumbrar su importancia estratégica medular en la reproducción del sistema a nivel de la sociedad. Solo que es necesario tomar conciencia de la necesidad de vencer la dispersión de la fuerza transformadora del poder popular organizado y acelerar la articulación territorial, indispensable para convertir la posibilidad en potencia real de cambio significativo en la sociedad mundializada y globalizada de hoy.

Concebir la vida desde esta visión, nos han permitido valorar y descubrir en la experiencia de otros y otras, además de la nuestra, una posibilidad de interacción y acompañamiento permanente con intelectuales, de distintas latitudes, que han publicado sobre la transformación de la sociedad, en diferentes momentos históricos y campos del saber, para reconfigurar teoría emergente, en revisión y resignificación continua, a partir de la integración del saber y la sistematización de experiencias de vida en lucha contra el poder constituido. Así podemos enriquecer con una gran cantidad y calidad de nuevas experiencias teórico-prácticas de distintos intelectuales en diferentes ámbitos, en diversos colectivos y movimientos populares que, en las últimas décadas, han protagonizado experiencias y vivencias de lucha por un cambio significativo de su realidad, susceptible de teorización y socialización.

La relación entre el poder externo sobre los territorios, con fines mercantiles violando los derechos de los que viven en estos espacios, así como la negación de la historia y las raíces culturales de estos pueblos, solo es posible comprenderla para poder transformarla profundamente, desde una visión crítica e histórica de la vida en sociedad como totalidad orgánica comprensiva. Creemos que la posibilidad del cambio se va logrando en la lucha colectiva por transformar el sistema, siempre que exista un horizonte claro hacia dónde vamos, que oriente la acción concreta sobre la praxis social y valore en el propio terreno el impacto de las acciones. De esta manera, se podrán corregir los frecuentes errores que se cometen en el hacer, y más cuando se actúa en contracorriente y se experimenta una constante presión para responder con urgencia a las contingencias derivadas de las realidades vividas, o creadas, que dificultan los avances logrados con independencia del ataque sistemático del poder imperial y, cuando se aprecian altos niveles de incertidumbre a lo interno y externo de las fuerzas revolucionarias.

Cuanto más amplio sea el concepto de justicia adoptado, más abierta será la guerra de la historia y de la memoria: la guerra entre los que no quieren recordar y entre los que no pueden olvidar [2].

Se trata de crear e impulsar una formación liberada y colectiva, sin ataduras, donde nos podamos sentir productores y producto de saberes y de cultura desde nuestra propia praxis de vida. Con conciencia de para qué y por qué se estudia; qué interesa aprender y a qué saberes le damos prioridad, para lograr más rigurosidad en el proceso y en los resultados de las investigaciones realizadas en ella, porque el compromiso no es individual sino de vida en colectivo, de contribución teórica para la acción, con todas y todos los que luchan por un mundo con equidad y justicia social. Y al decir esto nos estamos refiriendo a la mayoría de la humanidad, la que tiene fuerza para luchar y la que el capitalismo la ha convertido en sobreviviente, sin derechos y sin oportunidades de vida presente y futura.

 


[1]Zemelman, Hugo. (1995). Determinismos y Alternativas de las Ciencias Sociales Latinoamericanas, Caracas, Editorial Nueva Sociedad, Universidad Nacional Autónoma de México, Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias.

[2] Santos, Boaventura de Sousa. (2010) “La democracia revolucionaria, un proyecto para el siglo XXI. Entrevista a Boaventura de Sousa Santos, por Antoni Jesús Aguiló Bonet”. Revista internacional de filosofía política. RIFP (Madrid) nº 35, octubre 2010.

 

 


Autora: Elizabeth Alves Pérez. Publicación original: https://www.alainet.org/es/articulo/197285. 08/18
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