¿Qué es el Capitalismo? Parte I

Hace muchos años un defen­sor del sis­te­ma capi­ta­lis­ta, un señor lla­ma­do Man­de­vi­lle, escri­bió un libro que en su momen­to fue famo­so, La fábu­la de las abe­jas. Ahí sos­te­nía que “…para con­ten­tar al pue­blo aun en su míse­ra situa­ción, es nece­sa­rio que la gran mayo­ría siga sien­do tan igno­ran­te como pobre”. Man­de­vi­lle pen­sa­ba que el cono­ci­mien­to por par­te del pue­blo era peli­gro­so por­que “amplía y mul­ti­pli­ca nues­tros deseos, y cuan­to menos desea un hom­bre tan­to más fácil­men­te pue­den satis­fa­cer­se sus nece­si­da­des”.[1] Y mucha gen­te sigue pen­san­do así.

Pues bien, vamos a expli­car, de la mane­ra más sen­ci­lla posi­ble, qué es el sis­te­ma capi­ta­lis­ta, por qué es un sis­te­ma que pro­du­ce con­cen­tra­ción de la rique­za, por un lado, y al mis­mo tiem­po gene­ra mise­ria, desocu­pa­ción, y tra­ba­jos mal pagos y ago­ta­do­res. Que­re­mos ayu­dar a ubi­car en una pers­pec­ti­va amplia las luchas socia­les que el pue­blo empren­de dia­ria­men­te. O sea, que los tra­ba­ja­do­res, los desocu­pa­dos, conoz­can por qué el actual sis­te­ma eco­nó­mi­co podría cam­biar­se, y la socie­dad podría orga­ni­zar­se de mane­ra que millo­nes de per­so­nas no ten­gan que estar en una situa­ción míse­ra. Que se conoz­ca por qué tene­mos el dere­cho de cono­cer para “ampliar y mul­ti­pli­car nues­tros deseos”, y para que algún día ten­ga­mos un mun­do libre de mise­rias y pri­va­cio­nes.

Las dos gran­des cla­ses socia­les

El sis­te­ma capi­ta­lis­ta se carac­te­ri­za, en pri­mer lugar, por el hecho de que las fábri­cas, los cam­pos, los ban­cos, los comer­cios, es decir, los medios para pro­du­cir, comer­ciar y para el intercam­bio, son pro­pie­dad pri­va­da de un gru­po social, los capita­listas. Fren­te a ellos se encuen­tra una inmen­sa mayo­ría de per­so­nas que no son pro­pie­ta­rias de nin­gún medio para pro­du­cir, y deben tra­ba­jar para los capi­ta­lis­tas por un sala­rio. Son los obre­ros.

Ser obre­ro o capi­ta­lis­ta no es algo que poda­mos ele­gir a volun­tad, por­que está deter­mi­na­do por la for­ma en que está orga­ni­za­da la socie­dad. Para com­pren­der este impor­tan­te pun­to, supon­ga­mos dos niños, uno hijo de obre­ros, el otro de empresa­rios. El pri­me­ro, cuan­do lle­gue a adul­to, a lo sumo ten­drá como heren­cia la casa de sus padres; con eso no podrá para mantener­se, y debe­rá hacer lo mis­mo que hicie­ron sus padres: con­tra­tar­se como emplea­do u obre­ro. Es decir, perte­nece a la cla­se obre­ra des­de su naci­mien­to, a la cla­se que no es propieta­ria de los medios para pro­du­cir. Es una situa­ción que no eli­ge, por­que la con­for­ma­ción de la socie­dad lo des­ti­na a ese lugar. El segun­do, en cam­bio, cuan­do lle­gue a adul­to va a here­dar la empre­sa de sus padres, y esta­rá des­ti­na­do “social­men­te” a ser empre­sa­rio. Como vemos, cada uno de estos niños per­te­ne­ce­rá a gru­pos socia­les dis­tin­tos. ¿Qué los dis­tin­gue? El hecho de que uno de esos gru­pos es propieta­rio de los medios de pro­duc­ción, el otro no lo es. Los que no son pro­pie­ta­rios están obli­ga­dos a tra­ba­jar bajo el man­do de los que son propieta­rios.

A los gru­pos de per­so­nas que se dis­tin­guen por la pro­pie­dad o no pro­pie­dad de los medios de pro­duc­ción, se los lla­ma CLASES SOCIALES. La cla­se capi­ta­lis­ta es la cla­se o gru­po de gen­te pro­pie­ta­ria de los medios de produc­ción. La cla­se obre­ra es el gru­po que no es pro­pie­ta­rio de los medios de produc­ción y debe tra­ba­jar por un sala­rio, bajo el man­do de los capita­listas. Un obre­ro pue­de ganar más o menos dine­ro, pero mien­tras no sea pro­pie­ta­rio de las herra­mien­tas y máqui­nas con las que tra­ba­ja, y esté obli­ga­do a emplear­se por un sala­rio bajo las órde­nes del empre­sa­rio, segui­rá per­te­ne­cien­do a la cla­se obre­ra.

En esta socie­dad exis­ten dos gran­des cla­ses socia­les, los pro­pie­ta­rios de los medios de pro­duc­ción, que emplean obre­ros; y los no pro­pie­ta­rios de los medios de pro­duc­ción, que tra­ba­jan como asa­la­ria­dos para los pri­me­ros.

Entre estas dos gran­des cla­ses socia­les exis­te otra cla­se, que llamare­mos la peque­ña bur­gue­sía. Este gru­po ocu­pa una posi­ción inter­me­dia entre la cla­se obre­ra y la cla­se capi­ta­lis­ta, por­que por lo gene­ral tie­nen una pro­pie­dad (por ejem­plo, un taxi, un peque­ño comer­cio, son pro­fe­sio­na­les indepen­dientes), pero no emplean obre­ros, y viven de su tra­ba­jo.

Tam­bién exis­ten otros sec­to­res, que son más difíci­les de cla­si­fi­car; por ejem­plo, los ladro­nes, los men­di­gos. Pero lo impor­tan­te es que nos concentre­mos por aho­ra en las dos gran­des cla­ses, la capi­ta­lis­ta y la obre­ra, para ana­li­zar qué rela­ción exis­te entre ambas. Esta rela­ción nos mos­tra­rá el secre­to del fun­cio­na­mien­to de este sis­te­ma capi­ta­lis­ta.

Antes de ter­mi­nar este pun­to, que­re­mos refu­tar una idea que tra­tan de incul­car, y que vie­ne a decir que es “natu­ral” que los seres huma­nos per­te­nez­can a cla­ses dife­ren­tes. Según este argu­mento, pare­cie­ra que la natu­ra­le­za ha dis­pues­to que algu­nos ven­gan a este mun­do sien­do pro­pie­ta­rios de los medios para pro­du­cir y comer­ciar, y otros no. En el mis­mo sen­ti­do, se nos quie­re hacer creer que hace muchos años, hubo un gru­po de gen­te que aho­rra­ba y tra­ba­ja­ba mucho, y otro que hara­ga­nea­ba todo el día. Enton­ces, el pri­mer gru­po se hizo pro­pie­ta­rio, y a par­tir de allí sus hijos y todos sus des­cen­dien­tes ya no tuvie­ron que tra­ba­jar. Mien­tras que los del segun­do gru­po, los hol­ga­za­nes, se vie­ron obli­ga­dos a tra­ba­jar como emplea­dos, y todos sus descendien­tes tam­bién, y ya no pudie­ron salir de esa situa­ción.

Como se pue­de intuir, todos estos son cuen­tos para disi­mu­lar el hecho de que esta socie­dad está divi­di­da en cla­ses, que esta situa­ción ha sido provoca­da por la evo­lu­ción de la his­to­ria huma­na, y por lo tan­to es modi­fi­ca­ble. Vea­mos aho­ra qué suce­de cuan­do un obre­ro tra­ba­ja para el patrón.

La explo­ta­ción I: ¿qué es el valor?

Vamos a comen­zar por una pre­gun­ta que está en la base de toda la econo­mía: de dón­de vie­ne el pre­cio de las cosas que com­pra­mos o ven­de­mos. Aquí vamos a dar una explica­ción muy senci­lla, que nos ser­vi­rá para lo que sigue.

Cuan­do habla­mos de pre­cio, nos refe­ri­mos al valor eco­nó­mi­co que tie­ne una mercan­cía. Por ejem­plo, si un reloj tie­ne un pre­cio muy alto, deci­mos que tie­ne mucho valor; de un pro­duc­to de mala cali­dad, deci­mos que vale muy poco. Enton­ces, ¿Qué es lo que da valor a las cosas? ¿Por qué algu­nas tie­nen mucho valor (son caras) y otras no?

En el siglo pasa­do, varios eco­no­mis­tas lle­ga­ron a la conclu­sión de que lo que otor­ga valor a las mer­can­cías (por lo menos, de todas las que se hacen con vis­tas a la ven­ta) es el tra­ba­jo humano emplea­do para producir­las.

Por ejem­plo, si un mue­ble tie­ne una made­ra muy puli­da, si tie­ne muchas manos de bar­niz, es decir, si tie­ne muchas horas de tra­ba­jo inver­ti­das en su fabri­ca­ción, ten­drá más valor que otra mesa mal ter­mi­na­da, mal puli­da. Supon­ga­mos que en la pri­me­ra se han emplea­do 20 horas de tra­ba­jo, y en la segun­da 10 horas. La pri­me­ra ten­drá el doble de valor que la segun­da y eso se mani­fes­ta­rá en el pre­cio: pode­mos supo­ner que la pri­me­ra cos­ta­rá el doble de dine­ro que la segun­da. Por ejem­plo, si la pri­me­ra vale 100 pesos y la segun­da 50 pesos,[2] esa dife­ren­cia expresa­rá que en la pri­me­ra se empleó aproximada­mente el doble de tiem­po de tra­ba­jo para producir­la.

La fuen­te de valor es el tra­ba­jo humano que se invier­te en pro­du­cir, en modi­fi­car mate­rias toma­das de la natu­ra­le­za, para crear los bie­nes de uso que emplea­mos en nues­tras vidas.

Enton­ces el valor es una cua­li­dad, una pro­pie­dad, de los bie­nes que com­pra­mos o ven­de­mos, que tie­ne algo así como dos “caras”: por un lado, es el tiem­po de tra­ba­jo que se emplea para pro­du­cir ese bien; ésta sería la cara ocul­ta, la que no vemos a pri­me­ra vis­ta, cuan­do esta­mos en el mer­ca­do. Por otro lado, ese tiem­po de tra­ba­jo se nos mues­tra en el pre­cio, en el dine­ro que paga­mos cuan­do lo com­pra­mos o que reci­bi­mos cuan­do lo ven­de­mos; esta es la cara visi­ble del valor, que hace que no nos demos cuen­ta de que, al com­prar o ven­der cosas, esta­mos com­pran­do o ven­diendo tiem­pos de tra­ba­jo.

Por eso, cuan­do deci­mos que un bien (una mesa, una cami­sa, etc.) vale tan­to dine­ro, esta­mos dicien­do en el fon­do que se empleó una cier­ta can­ti­dad de tra­ba­jo para pro­du­cir­la. A pesar de que esto no apa­re­ce a la vis­ta, los empre­sa­rios siem­pre están cal­cu­lan­do los tiem­pos de tra­ba­jo emplea­dos. Por ejem­plo, los empre­sa­rios del ace­ro cal­cu­lan que en Argen­ti­na, para pro­du­cir una tone­la­da de ace­ro, hoy hacen fal­ta 11 horas de tra­ba­jo, en Bra­sil 8 y en Méxi­co 12. Estas dife­ren­cias pue­den estar dadas por las dife­ren­tes téc­ni­cas, o por otros moti­vos.

Por supues­to, un tra­ba­jo más com­ple­jo, más difí­cil, agre­ga más valor. Dare­mos un ejem­plo. Supon­ga­mos que un cam­pe­sino leña­dor va a un bos­que y cor­ta un árbol, y lo trans­por­ta has­ta el pue­blo, don­de ven­de la made­ra, y que toda esa ope­ra­ción le lle­va 10 horas de tra­ba­jo; supon­ga­mos que en cada hora de tra­ba­jo los hache­ros gene­ran 5 pesos de valor. Por lo tan­to, este cam­pe­sino podrá ven­der la made­ra en 50 pesos (10 horas de tra­ba­jo x 5 pesos = 50 pesos). Pero quien com­pra aho­ra la made­ra es un arte­sano, talla­dor exper­to, que saca de ella un boni­to adorno. Supon­ga­mos que este arte­sano emplea otras 10 horas de tra­ba­jo, pero esta vez, como su tra­ba­jo es más com­ple­jo, más difí­cil, en cada hora de tra­ba­jo agre­ga 15 pesos de valor, en lugar de los 5 que gene­ra­ba el leña­dor. Por lo tan­to, habrá suma­do a la made­ra un valor de 150 pesos (10 horas de tra­ba­jo x 15 pesos = 150 pesos). El adorno, de con­jun­to, val­drá 200 pesos = 50 pesos (valor crea­do por el leña­dor) + 150 pesos (valor crea­do por el talla­dor). Estos 200 pesos repre­sen­ta­rán 10 horas de tra­ba­jo “sim­ple”, del leña­dor, y 10 horas de tra­ba­jo com­ple­jo, del arte­sano talla­dor. Tam­bién podría­mos redu­cir todo a horas de tra­ba­jo sim­ple, por ejem­plo, decir que los 200 pesos que vale el adorno repre­sen­tan 40 horas de un tra­ba­jo tan sim­ple como el que reali­zó el leña­dor.

 


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La explo­ta­ción II: ¿qué es el plus­va­lor?

Cono­cien­do qué es el valor, pode­mos saber cómo sur­ge la ganan­cia del empre­sa­rio. Vea­mos qué suce­de cuan­do el obre­ro tra­ba­ja en una fábri­ca por un sala­rio.

Supon­ga­mos que en una empre­sa el obre­ro uti­li­za un telar, e hila algo­dón. El algo­dón que emplea dia­ria­men­te para hacer el hila­do tie­ne un valor de 100 pesos. Supon­ga­mos tam­bién que el obre­ro hace un tra­ba­jo sim­ple, duran­te 10 horas, y crea un nue­vo valor, de 50 pesos. Por otra par­te, por el des­gas­te del telar, los gas­tos de luz, agua, y otros, hay que agre­gar otros 10 pesos de valor. La cuen­ta es:

100 pesos que vale el algo­dón que emplea

+ 50 pesos que agre­ga el obre­ro con su tra­ba­jo dia­rio de 10 horas

10 pesos de gas­tos del telar, y otros gas­tos

Total: 160 pesos que vale el hila­do.

¿Dón­de está la ganan­cia del due­ño de la empre­sa? ¿De dón­de pue­de salir? Esta era la gran pre­gun­ta que se hacían los econo­mistas en el siglo pasa­do, y no acer­ta­ban a res­pon­der. La res­pues­ta que dio Car­los Marx es la siguien­te: el obre­ro agre­gó con su tra­ba­jo 50 pesos de valor al hila­do. Pero el due­ño de la empre­sa no le devuel­ve ese valor que pro­du­jo, por­que sólo le paga de acuer­do a lo que nece­si­ta para man­te­ner­se él y su fami­lia, que será menos que los 50 pesos de valor que ha crea­do. Por ejem­plo, si el obre­ro nece­si­ta -en pro­me­dio- 25 pesos por día para comer, ves­tir­se, pagar el alqui­ler, man­te­ner a sus hijos (aun­que sea a nivel míni­mo), el due­ño de la empre­sa pro­cu­ra­rá pagar­le sólo esos 25 pesos, que repre­sen­tan 5 horas de tra­ba­jo. De esta mane­ra, el obre­ro habrá emplea­do 5 horas en pro­du­cir un valor igual a su sala­rio, de 25 pesos. Y otras 5 horas habrá tra­ba­ja­do gra­tis, produ­ciendo un PLUSVALOR o PLUSVALÍA de 25 pesos, que se los apro­pia el capi­ta­lis­ta.

En algu­nos casos los obre­ros, con sus luchas, con­si­guen aumen­tos, por ejem­plo, lle­var la paga a 27 pesos; en otros casos, el due­ño de la empre­sa logra­rá bajar el sala­rio, por ejem­plo a 23 pesos. Pero siem­pre exis­ti­rá ese plusva­lor en favor del capi­tal. Haga­mos aho­ra las cuen­tas tota­les:

El due­ño de la empre­sa invir­tió: 100 pesos en com­prar algo­dón; invir­tió antes en las ins­ta­la­cio­nes y las máqui­nas, y esto se lo va cobran­do poco a poco, car­gan­do 10 pesos por día en sus cos­tos[3]; ade­más, pagó 25 pesos al obre­ro: Por lo tan­to el cos­to del hila­do para él es de 125 pesos. Pero como el obre­ro creó un nue­vo valor “extra” por 25 pesos, podrá ven­der el hila­do en 150 pesos. Le que­dan 25 pesos de ganan­cia. Aho­ra, en cuen­tas:

100 pesos de algo­dón

10 pesos de des­gas­tes de la máqui­na

+ 25 pesos de sala­rio del obre­ro

25 pesos de plus­va­lía

Total: 160 pesos

Obser­ve­mos enton­ces que el capi­ta­lis­ta le paga al obre­ro no de acuer­do al valor que pro­du­jo, sino de acuer­do al valor de los ali­men­tos, de la ropa, de la vivien­da, que nece­si­ta para vivir. Por eso Marx dice que el due­ño de la empre­sa le paga al obre­ro el valor de su fuer­za de tra­ba­jo. El valor de la fuer­za de tra­ba­jo es el valor de la canas­ta de bie­nes que con­su­me el obre­ro para vivir y repro­du­cir­se.

De esta mane­ra el due­ño de la empre­sa dis­po­ne de una for­ma de gene­rar ganan­cias sin tener que tra­ba­jar; o a lo sumo, traba­ja en la vigi­lan­cia de los trabaja­dores, en cui­dar que éstos produz­can lo debi­do. Pero cuan­do es podero­so, con­tra­ta a los capa­ta­ces y super­vi­so­res para esa tarea. A esto le lla­ma­mos explota­ción, por­que el obre­ro pro­du­ce más valor que el que reci­be a cam­bio.

¿Por qué el capi­ta­lis­ta pudo hacer esto? Recor­de­mos lo bási­co: por­que es el due­ño de los medios de pro­duc­ción, es decir, de los medios para crear lo que nece­si­tan los seres huma­nos para vivir. Sin herra­mien­tas, sin mate­rias pri­mas, sin dine­ro para man­te­ner­se mien­tras pro­du­ce, el obre­ro no pue­de vivir. Por eso está obli­ga­do a ven­der su fuer­za de tra­ba­jo al empre­sa­rio, y a pro­du­cir plus­va­lía para éste. Recor­de­mos lo que decía­mos al comien­zo: des­de su cuna los obre­ros están des­ti­na­dos a ir a tra­ba­jar por un sala­rio, por­que no dis­po­nen de los medios para pro­du­cir. Y si care­ce­mos de herra­mien­tas y de las mate­rias pri­mas, si tam­po­co tene­mos un peda­zo de natu­ra­le­za para proveer­nos, es impo­si­ble alimentar­nos, ves­tir­nos, tener vivien­da. Estar caren­te de pro­pie­dad es como estar enca­de­na­do al capi­tal; el obre­ro es libre sólo en aparien­cia.

¿Qué es capi­tal?

Aho­ra esta­mos en con­di­cio­nes de defi­nir qué es capi­tal: es el dine­ro, los medios de pro­duc­ción, y las mer­can­cías, que son pro­pie­dad de los empre­sa­rios y se uti­li­zan en la extrac­ción de plus­va­lía. Vea­mos esto con detenimien­to.

Cuan­do el empre­sa­rio deci­de inver­tir su dine­ro, ese dine­ro es la for­ma que toma su capi­tal. Con ese dine­ro com­pra el algo­dón, el telar, el edi­fi­cio de la fábri­ca; por lo tan­to, en esta segun­da eta­pa, su capi­tal está com­pues­to por algo­dón, telar, edi­fi­cio de la fábri­ca; o sea, el capi­tal del empresa­rio cam­bia de for­ma: antes era dine­ro, aho­ra se trans­formó en medios de produc­ción.

Pero ade­más, nues­tro empre­sa­rio con­tra­ta obre­ros, y por lo tan­to una par­te de su dine­ro se trans­for­ma en el tra­ba­jo humano que gene­ra la plusva­lía. Así, otra par­te de su capi­tal que tenía la for­ma dine­ro, aho­ra, mien­tras tra­ba­ja el obre­ro, se ha trans­formado en tra­ba­jo, que está crean­do valor.

Pos­te­rior­men­te, apa­re­ce el hila­do ter­mi­na­do, que se destina­rá a la ven­ta. Por con­si­guien­te, aho­ra el capi­tal tomó la for­ma de hila­do, exis­te como hila­do; nue­va­men­te el capi­tal cam­bió de for­ma. Por últi­mo, cuan­do el empresa­rio ven­de el hila­do, habrá obte­ni­do dine­ro, es decir, su capi­tal ha vuel­to a la for­ma de dine­ro.

Si lo ana­li­za­mos des­de el pun­to de vis­ta del valor, pode­mos ver que, por ejem­plo, había un valor igual a 1.000 pesos, que esta­ba en bille­tes; lue­go ese valor se trans­for­mó en medios de produc­ción (algo­dón, telar, etc.), y en tra­ba­jo de los obre­ros; al salir del pro­ce­so de produc­ción, los 1.000 pesos de valor se habían transfor­mado en hila­do, y ade­más se había engen­dra­do una plusva­lía, supon­ga­mos de otros 50 pesos. Por lo tan­to, el valor ori­gi­na­rio, de 1000 pesos, se ha incre­men­ta­do; deci­mos que el valor se ha valo­ri­za­do, gra­cias al tra­ba­jo del obre­ro.

En vis­ta de esto, pode­mos decir que el capi­tal es valor en movi­mien­to y trans­for­ma­ción: pri­me­ro apa­re­ce bajo la for­ma de dine­ro, lue­go de medios de produc­ción y tra­ba­jo, lue­go de mercan­cía, y por últi­mo de nue­vo como dine­ro. Capi­tal es enton­ces valor que gene­ra más valor sus­ten­ta­do por la explo­ta­ción de los obre­ros. El telar es capi­tal por­que está den­tro de este movi­mien­to; lo mis­mo pode­mos decir del algo­dón, de la fábri­ca, o del dine­ro.

Obser­ve­mos que si el capi­ta­lis­ta com­pra­ra el algo­dón y el telar, y contra­tara al obre­ro para que le hicie­ra un hila­do para su uso per­so­nal, el dine­ro gas­ta­do, el algo­dón, el telar o el tra­ba­jo no serían capi­tal. En este caso, el capi­ta­lis­ta probable­mente esta­ría mejor ves­ti­do, pero no habría incrementa­do el valor del dine­ro que poseía; por el con­tra­rio, lo habría gas­ta­do. Sólo hay capi­tal cuan­do se invier­te con vis­tas a obte­ner una ganan­cia.

 


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La acu­mu­la­ción de capi­tal

Una vez pues­to en fun­cio­na­mien­to un capi­tal, es decir, una vez que un capita­lis­ta ini­ció el pro­ce­so de com­prar medios de produc­ción y fuer­za de tra­ba­jo, para pro­du­cir plus­va­lor, pue­de seguir acre­cen­tan­do su capi­tal.

Supon­ga­mos que un capitalis­ta tie­ne 10.000 pesos ini­cia­les, inver­ti­dos en máqui­nas y mate­ria pri­ma, con los cua­les explo­ta a un obre­ro. Supon­ga­mos que este obre­ro gana 200 pesos men­sua­les, y pro­du­ce otros 200 pesos de plus­va­lía por mes. Supon­ga­mos tam­bién que el capita­lista tie­ne aho­rra­do dine­ro, de mane­ra que pue­de vivir como vive el obre­ro, duran­te varios meses. Si hace tra­ba­jar al obre­ro duran­te varios meses, y aho­rra la plus­va­lía, al cabo de 50 meses habrá reuni­do un fon­do de 10.000 pesos (200 de plus­va­lía por mes x 50 meses). Con este dine­ro aho­ra podrá com­prar otra maqui­na­ria y con­tra­tar un segun­do obre­ro, al que le paga­rá tam­bién 200 pesos y del cual saca­rá otros 200 pesos de plus­va­lor. Con dos obre­ros bajo su man­do, nues­tro capi­ta­lis­ta podrá uti­li­zar 200 pesos de plus­va­lía para con­su­mir y aho­rrar otros 200 pesos de plus­va­lía por mes. O sea, ya no nece­si­ta vivir de su fon­do de reser­va; aho­ra vive de la plus­va­lía.

Así, al cabo de otros 50 meses ten­drá otros 10.000 pesos, con los que podrá contra­tar a un ter­cer obre­ro. Si todo sigue igual, aho­ra obten­drá otros 200 pesos de plus­va­lía. Aho­ra podrá con­su­mir un poco más, por ejem­plo, vivir con 250 pesos, y le que­da­rán 350 para aho­rrar. Aho­ra podrá con­tra­tar a un cuar­to obre­ro en poco más de 28 meses. Si lo hace, y con­ti­núan las ven­tas de sus pro­duc­tos, y los sala­rios siguen al mis­mo nivel, su plusva­lía pasa­rá a 800 pesos por mes. Y des­pués de varios ciclos ten­drá nece­si­dad de ampliar su estable­cimiento, para con­tra­tar más obre­ros, que le darán más plus­va­lía. Por supues­to, ya no ten­drá nin­gu­na necesi­dad de vivir estrecha­mente. Y dis­pon­drá de un capi­tal de varias dece­nas de miles de dóla­res.

Este ejem­plo es ima­gi­na­rio, pero en líneas gene­ra­les se repro­du­ce en la vida real. Muchos capi­ta­lis­tas en sus orí­ge­nes vivie­ron pobremen­te. De allí que muchos empresa­rios nos digan que ellos, o sus padres, o sus abue­los “empe­za­ron des­de cero”. Pero esto no es cier­to, por­que tuvie­ron la posibili­dad de tener un peque­ño capi­tal ini­cial, y ade­más tuvie­ron la suer­te de que nada inte­rrum­pie­ra la acu­mu­la­ción. Si se die­ron esas condi­ciones, a par­tir de la explo­ta­ción del obre­ro el capi­ta­lis­ta pudo acu­mu­lar la plus­va­lía, acre­cen­tan­do más y más su capi­tal. Esto se lla­ma la ACUMULACIÓN DE CAPITAL.

Por otra par­te, los obre­ros, con­de­na­dos a vivir con 200 pesos men­sua­les -el valor de su fuer­za de tra­ba­jo- no pue­den acu­mu­lar. Des­pués de varios años habrán per­di­do su salud traba­jando, y esta­rán tan pobres como cuan­do empeza­ron. En el otro polo, el capi­ta­lis­ta habrá acu­mu­la­do rique­za. El hijo del obre­ro esta­rá con­de­na­do, con toda pro­ba­bi­li­dad, a repe­tir la his­to­ria de su padre. El hijo del capi­ta­lis­ta esta­rá des­ti­na­do a otra histo­ria, por­que ini­cia­rá su carre­ra sobre la base de la rique­za acu­mu­la­da.

Vol­ve­mos en cier­to sen­ti­do al prin­ci­pio, pero aho­ra vien­do cómo este movi­mien­to del capi­tal repro­du­ce en un polo a los obre­ros y en el otro a los capi­ta­lis­tas, es decir, repro­du­ce las cla­ses socia­les. Y no sólo las reprodu­ce, sino que las repro­du­ce de for­ma amplia­da, por­que el capi­ta­lis­ta cada vez con­tra­ta más obre­ros, al tiem­po que con­cen­tra más capi­tal.

Si los capi­ta­lis­tas se enri­que­cen cada vez más, si con ello aumen­tan las fuer­zas de la pro­duc­ción y la rique­za, y si los traba­jado­res siguen ganan­do lo mis­mo, enton­ces, en propor­ción, los traba­jadores son cada vez más pobres. Inclu­so los obre­ros pue­den aumen­tar el con­su­mo de bie­nes, pero no por ello dejan de ser pobres, por­que la pobre­za o la rique­za están en rela­ción con la situa­ción de la socie­dad y el desa­rro­llo de la pro­duc­ción. Por ejem­plo, en el siglo 19 prácticamen­te nin­gún trabaja­dor tenía reloj; el reloj era para los ricos y nadie se considera­ba extremada­mente pobre si no tenía reloj. En las fábri­cas hacían sonar unas sire­nas para desper­tar a los obre­ros a las maña­nas y anun­ciar la hora de entra­da al tra­ba­jo. Sin embar­go hoy, en Argenti­na un obre­ro que no ten­ga dine­ro para com­prar un reloj (aun­que sea uno “des­car­ta­ble”) es con­si­de­ra­do extremada­men­te pobre. Con rela­ción a la rique­za pro­du­ci­da por las moder­nas fuer­zas pro­duc­ti­vas, pode­mos decir que los obre­ros y las masas opri­mi­das son hoy tan o más pobres que lo eran hace cien años.

La lucha entre el capi­tal y el tra­ba­jo y el ejér­ci­to de des ocupa­dos

Pero a medi­da que ha ido cre­cien­do el núme­ro de obre­ros agrupa­dos bajo el man­do de los capi­ta­les, se fue­ron orga­ni­zan­do para luchar por una par­te de esa rique­za. Los sin­di­ca­tos, los par­ti­dos obre­ros y otras for­mas de orga­ni­za­ción sur­gie­ron al calor de este movi­mien­to de los tra­ba­ja­do­res. Los obre­ros pelea­ron por aumen­tos del sala­rio, para que se les paga­ra mejor el valor de lo úni­co que pue­den ven­der, su fuer­za de tra­ba­jo. Esta es una mani­fes­ta­ción de la lucha de cla­ses en la socie­dad capi­ta­lis­ta, es decir, de la lucha en defen­sa de los intere­ses de cla­se, unos por aumen­tar la explo­ta­ción, otros por ir en el sen­ti­do con­tra­rio. Todas las mejo­ras de los tra­ba­ja­do­res se con­si­guie­ron gra­cias a esa pre­sión, a las huel­gas, manifestacio­nes, inclu­so revolu­ciones con­tra el sis­te­ma explota­dor. Las mejo­ras de vida de la cla­se obre­ra no fue­ron el resul­ta­do de la bon­dad de los empre­sarios, sino con­quis­tas que se arran­ca­ron con pelea, es decir, con la lucha de la cla­se obre­ra. Los polí­ti­cos de la bur­gue­sía, así como la igle­sia y otros ideó­lo­gos, tra­tan de fre­nar y des­viar la lucha de cla­ses, pre­di­can­do la con­ci­lia­ción entre obre­ros y patro­nos. Los actua­les diri­gen­tes de los sindica­tos, que han pasa­do al lado de la patro­nal, hacen lo mis­mo. Los revolu­cionarios, en cam­bio, mostra­mos la raíz de la explo­ta­ción para for­ta­le­cer la concien­cia de cla­se obre­ra, para demos­trar que la lucha entre el capi­tal y el tra­ba­jo es inevi­ta­ble y nece­sa­ria, y el úni­co camino para aca­bar con la explo­ta­ción.

A pesar de las gigan­tes­cas luchas obre­ras den­tro del sis­te­ma capi­ta­lis­ta, los empre­sa­rios logra­ron, a lo lar­go de la histo­ria, man­te­ner a raya los sala­rios; los trabajado­res muchas veces obliga­ron a ceder, pero nun­ca pudie­ron hacer desapa­recer la plus­va­lía con la lucha sin­di­cal. Tome­mos el ejem­plo ante­rior, en don­de al obre­ro le paga­ban 25 pesos dia­rios por su fuer­za de tra­ba­jo, y produ­cía 25 de plus­va­lía. Diji­mos que las luchas obre­ras podían arran­car aumen­tos de sala­rio y dismi­nuir la plus­va­lía. Por ejem­plo lle­var el sala­rio a 27 pesos y la plus­va­lía a 23 pesos. Tal vez a 30 de sala­rio y 20 de plusva­lía; inclu­so si la lucha obre­ra fue­ra muy fuer­te, y los capi­ta­lis­tas estuvie­ran muy nece­si­ta­dos de tra­ba­jo, los sala­rios podrían lle­gar a 35 pesos por día y la plus­va­lía bajar a 15. ¿Pue­de seguir­se así has­ta aca­bar con la plus­va­lía y la explota­ción?

La expe­rien­cia nos mues­tra que no, que esta lucha eco­nó­mi­ca tie­ne un lími­te. Lle­ga­do un pun­to los capi­ta­lis­tas ace­le­ran las innovacio­nes, introdu­cen maqui­na­rias que reem­pla­zan la mano de obra y des­pi­den obre­ros. Marx cuen­ta un caso de una zona de Ingla­te­rra en que fal­ta­ban cose­cha­do­res, y los trabajado­res con­se­guían más y más aumen­tos sala­ria­les. Pero lle­gó un momen­to en que a los empresa­rios les con­vino com­prar máqui­nas cosechado­ras, en lugar de con­tra­tar obre­ros. Al poco tiem­po había enor­mes masas de desocu­pados, que pelea­ban por un pues­to de tra­ba­jo, y los sala­rios se des­plo­ma­ban. Hoy en todos lados los capi­ta­lis­tas reempla­zan a los obre­ros por máqui­nas; en las fábri­cas automotri­ces, por ejem­plo, en muchas líneas de mon­ta­je los robots hacen el tra­ba­jo de varios obre­ros.

Así se gene­ran más y más desocu­pa­dos, es decir, se crea un EJÉRCITO DE DESOCU­PADOS, que es la prin­ci­pal arma que tie­ne el capi­tal para derro­tar las luchas sin­di­ca­les. Por eso Marx decía que la maqui­na­ria se ha trans­for­ma­do en un arma pode­ro­sa con­tra la cla­se obre­ra. La maqui­na­ria debe­ría ser un ins­tru­men­to para libe­rar al ser humano de las pena­li­da­des del tra­ba­jo manual, pero bajo el domi­nio del capi­tal se con­vier­te en un instrumen­to para esclavi­zar más al obre­ro; por­que crea desocu­pados, pero tam­bién por­que los que con­ser­van el empleo son some­ti­dos a mayo­res rit­mos de pro­duc­ción, a peo­res sala­rios.

Pero exis­te otra vía por la cual se crea desocupa­ción. Cuan­do los capi­ta­lis­tas ven que las ganan­cias están dismi­nuyendo, comien­zan a inte­rrum­pir sus inversio­nes. Por ejem­plo, el empre­sa­rio que ven­de el hila­do, en lugar de con­tra­tar de nue­vo a los obre­ros, guar­da el dine­ro a la espe­ra de que mejo­ren las condi­ciones para sus nego­cios. Cuan­do muchos capi­ta­lis­tas hacen lo mis­mo, habla­mos de una cri­sis, y por todos lados apa­re­cen obre­ros sin tra­ba­jo. En estos perío­dos se crean enor­mes masas de desocu­pa­dos.

En el mun­do capi­ta­lis­ta des­de hace por lo menos 20 años que ha esta­do cre­cien­do la masa de desocu­pa­dos, por­que se fre­na­ron las inver­sio­nes y por­que se introdu­cen maquina­rias que des­pla­zan a los obre­ros. Cuan­do se habla de la can­ti­dad de robos que exis­ten actual­men­te, de que no hay segu­ri­dad en las calles, de que las cár­ce­les están lle­nas, se pasa por alto la raíz del fenó­meno: la explo­ta­ción capi­ta­lis­ta y las leyes de la acumula­ción. Estos desocu­pa­dos y mar­gi­na­dos por el sis­te­ma pre­sio­nan hacia aba­jo los sala­rios; y los capi­ta­lis­tas chan­ta­jean a los que tie­nen tra­ba­jo con la ame­na­za de man­dar­los a la mise­ria si no se some­ten a sus exi­gen­cias.

El capi­ta­lis­mo crea cons­tan­te­men­te una masa de mar­gi­na­dos, de pobres abso­lu­tos, que son uti­li­za­dos como arma de domi­na­ción con­tra la cla­se obre­ra.

Tomar con­cien­cia de los lími­tes de las luchas por las reivindica­ciones eco­nó­mi­cas es fun­da­men­tal para que la cla­se obre­ra no siga ata­da a los polí­ti­cos de la bur­gue­sía y para empe­zar a for­jar su inde­pen­den­cia de cla­se, esto es, sus pro­pias orga­ni­za­cio­nes, con un pro­gra­ma y una estra­te­gia que apun­ten con­tra la explo­ta­ción del capi­tal.

 

 

Sí quieres leer la segunda parte haz click aqui

 


[1] Esto lo toma­mos de un libro que escri­bió Car­los Marx, El Capi­tal, don­de cita a Man­de­vi­lle.

[2] Esto siem­pre es apro­xi­ma­do, por­que la pri­me­ra mer­can­cía pue­de tener un pre­cio de 101, 102, 99, etc., y lo mis­mo suce­de con la segun­da: pue­de cos­tar 48, 51, 49, 53, etc. Es decir, los pre­cios osci­lan alre­de­dor de un pro­me­dio.

[3] Cal­cu­la que al cabo de deter­mi­na­do tiem­po habrá recu­pe­ra­do esa inver­sión para com­prar de nue­vo máqui­nas y la fábri­ca.

 


publicación original: ¿Que es el capitalismo?. Por: Rolando Astarita

 

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